Ustedes deben lavarse los pies unos a otros (Juan 13,14)

Publicada el 09 de Abril del 2020

“Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, Él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.

Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que Él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura.  Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.

Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: ¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?  Jesús le respondió: No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás.  No, le dijo Pedro, ¡Tú jamás me lavarás los pies a mí!  Jesús le respondió: Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte".  Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!  Jesús le dijo: El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos.  Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: No todos ustedes están limpios.

Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: ¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes?  Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy.  Si Yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros.  Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes.  Les aseguro que el servidor no es más grande que su señor, ni el enviado más grande que el que lo envía.

Ustedes serán felices si, sabiendo estas cosas, las practican” (Jn 13, 1 - 17).

1.- El gesto eucarístico

Llama la atención que en el Evangelio de Juan no se encuentra en la Última Cena el relato de la institución eucarística sino el gesto servicial del lavado de los pies.  Este hecho no deja de ser significativo.

Juan no desconoce la importancia del relato de la institución eucarística, sino que la presupone una vez que sus oyentes ya la tienen incorporada en su vida comunitaria.  A la vez, en el relato de la Última Cena aprovecha de introducir el relato del gesto eucarístico porque lo considera muy significativo e inseparable de la celebración de la Eucaristía.  La auténtica celebración de la Eucaristía presupone y alimenta una vida de servicio al otro.

Juan Pablo II, en una homilía que pronunció durante su visita a Haití (1983), se preguntó sobre el por qué en los Sinópticos se encuentra la institución eucarística durante la Última Cena de Jesús, mientras que Juan la reemplaza con el gesto eucarístico.  La respuesta, según Juan Pablo II, hay que encontrarla entre “una referencia al amor supremo de Jesús: Los amó hasta el extremo (Jn 13.1) (…) y la exhortación a seguir el ejemplo que les acababa de dar: Si yo, el Señor y Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros (Jn 13,14)”.  Así, “quien participa en la Eucaristía… está llamado a imitar su amor y a servir a su prójimo hasta lavarle los pies”.  Esto vale también para la Iglesia entera y ella “debe comprometerse a fondo para el bien de los hermanos y hermanas, de todos, pero sobre todo de los más pobres”.  Institución y gesto eucarístico se complementan mutuamente porque “la Eucaristía es el sacramento del amor y del servicio” .

2. Un gesto escandaloso

[Jesús] se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura.  Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.

Un gesto de cortesía.  El lavar los pies de otra persona, sucios por el caminar en sandalias por caminos de polvo, era un gesto de cortesía (cf. Gén 18, 4; 1 Sam 25, 41).  Cuando la pecadora pública lava los pies de Jesús, frente a la reacción escandalizada de los demás, Jesús reclama al fariseo que le había invitado a su casa: Al entrar a tu casa no me diste agua para los pies (Lc 7, 44).

Pero este mismo gesto realizado por Jesús es totalmente insólito porque no se exigía ni siquiera a los esclavos judíos.   En una sociedad donde está tan perfectamente determinado el papel de las personas y los grupos, es impensable que el comensal de una comida festiva, y, menos aún, el que preside la mesa, se ponga a realizar esta tarea humilde reservada a siervos y esclavos.  Según el relato, Jesús deja su puesto y, como un esclavo, comienza a lavar los pies a los discípulos.  Jesús, al limpiar los pies a sus discípulos, está actuando como siervo y esclavo de todos; dentro de unas horas morirá crucificado, un castigo reservado sobre todo a esclavos. 

Aún más, el gesto resulta escandaloso.  Jesús, el plenipotenciario - ya que el Padre había puesto todo en sus manos -, invierte dramáticamente los papeles de tal manera que su acción llega a ser escandalosa y provoca el diálogo posterior.   Tanto es así que Pedro reacciona espontáneamente ante el acto de rebajarse de su Maestro: ¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?  Para Pedro resulta inconcebible y afirma tajantemente: ¡Tú jamás me lavarás los pies a mí!

En este gesto, Jesús rompe con los esquemas humanos relacionados con el tema del poder.  No niega el poder (Yo soy el Señor y el Maestro) pero le cambia totalmente su sentido y su práctica.  Al quitar el manto y colocarse la toalla, renuncia al signo de poder y realeza para asumir uno de servicio.  El gesto expresa otro tipo de poder que Jesús verbaliza posteriormente frente a Pilato: Mi reino no es de este mundo… (Jn 18, 33 - 37).  Se trata de un poder que surge del amor (habiendo amado a los suyos) y se expresa en el servicio mediante un gesto propio de los esclavos.

Jesús presta a sus discípulos un servicio propio de esclavos.  En un gesto opuesto al de Adán, que intentó alargar la mano hacia lo divino con sus propias fuerzas, Cristo descendió de su divinidad hasta hacerse humano.  Mediante un acto simbólico, Jesús aclara el conjunto de su servicio salvífico.  “Se despoja de su esplendor divino, se arrodilla, por decirlo así, ante nosotros, lava y enjuga nuestros pies sucios para hacernos dignos de participar en el banquete nupcial de Dios” .

Este significado original, y fundante de un nuevo estilo de vida, está explicado por Pablo en su carta a los Filipenses cuando exhorta a los cristianos a tener entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo.

“El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino se despojó  de sí mismo, tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre, y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte en cruz.  Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre.  Para que al nombre de Jesús, toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre” (Flp 2, 5 - 11).

El Señor se hace siervo porque el señorío divino se expresa en el servicio al otro, fruto del amor incondicional, y el Padre confirma solemnemente la actuación del Hijo, enviando al Espíritu para que los discípulos den testimonio de la sabiduría divina que topa con la incomprensión humana.  Jesús promete la presencia del Espíritu, el Espíritu de la Verdad (cf. Jn 14, 17), que nos enseñará todo y nos recordará todo lo que Jesús ha dicho (cf. Jn 14, 26).  Y Pablo nos recuerda que esta verdad no corresponde a la sabiduría humana, más bien un escándalo para los judíos y una necedad para los gentiles; pero, prosigue Pablo, la necedad divina es más sabia que la sabiduría humana, y la debilidad divina más fuerte que la fuerza humana (cf. 1 Cor 1, 23 - 25).  Así, Jesús, su Persona y su vida, constituyen para el cristiano la verdad porque es fuerza de Dios y sabiduría de Dios (1 Cor 1, 24).

3. A modo de conclusión

En el contexto de la pandemia que estamos viviendo, se hace muy claro que sólo la solidaridad nos salvará de este virus tan frágil, pero, a la vez, tan rápido en propagarse.  Ojalá esta misma pandemia sea una ocasión de gracia para darnos cuenta cuanto dependemos los unos de los otros y la necesidad urgente de pensar siempre desde y en un “nosotros”.

4. Preguntas para la reflexión 

-¿Estoy dispuesto a dejarme lavar los pies por Jesús?

-¿ A quién no estoy dispuesto a lavarle los pies?

-¿ Qué gracia le pido al Padre Dios?




P. Tony Mifsud S.J