Comentario del Evangelio del domingo 17 de noviembre de 2019

Publicada el 17 de Noviembre del 2019


Jesús anuncia la destrucción del templo y las señales antes del fin.

33° Domingo Ordinario – Ciclo C   -   Lucas    21, 5-19


El Evangelio de este domingo nos muestra una escena muy intensa y llena de misterio.  Jesús se encuentra en Jerusalén, es su última semana de vida y predica en el templo en compañía de sus discípulos. Los amigos del maestro se admiran de la impresionante construcción del edificio - con toda justicia la octava maravilla del mundo- por sus enormes bloques de piedra y sus impresionantes riquezas que lo adornan, como por ejemplo, una viña hecha de oro puro que crecía a medida que los acaudalados fieles, de todo el mundo antiguo, donaban sarmientos y racimos a modo de ofrenda votiva. Los discípulos muy entusiasmados se lo mencionan, pero la respuesta de Jesús nos para los pelos hasta el día de hoy: 

-Vendrán días en que, de todo esto que ustedes están viendo, no quedará ni una piedra sobre otra. Todo será destruido (Lc. 21,5)

Podríamos imaginar la ingenua sonrisa  de los discípulos transformándose en una pregunta a medio murmurar  sobre el significado de aquella sentencia. 

Mateo y Marcos narran este mismo suceso y nos proporcionan más detalles. Esa tarde, una vez de vuelta en el Monte de los Olivos donde estaban acampando, Pedro, Juan, Santiago y Andrés, hablan privadamente con Jesús para preguntarle con preocupación cuándo sucederían aquellas cosas y cuáles serían las señales previas. Mientras hablaban, a lo lejos, pudieron ver claramente Jerusalén y el Templo, lo que hace aun más dramática la escena. 

Tal vez los discípulos pensaron- de forma muy comprensible- que la destrucción del majestuoso edificio sucedería junto con el fin del mundo, confundiendo en un solo evento el fin de Jerusalén y el Juicio Final. El maestro los escucha con paciencia y trata de explicarles de forma sencilla pero muy enfática, el provenir de su nación y de la Iglesia.  ¿Cómo resumir para sus amigos dos mil años de historia? Qué difícil debió estar en sus sandalias; ser completamente humano, sentir sed, frío, hambre, rabia y frustración, pena y alegría, y al mismo tiempo, poder leer la mente y el corazón de la gente que lo rodeaba, conocer el futuro, recordar haber existido incluso antes que Abraham, mirar a la cara a sus discípulos y saber con exactitud cómo iban a morir: todos mártires, excepto Juan.  

Jesús sabía que dentro de cuarenta años –antes de que terminara esa generación- los romanos llegarían a sofocar las sangrientas revueltas nacionalistas, sitiarían la ciudad de Jerusalén y la arrasarían a fuego y espada. Jesús conocía perfectamente que más de un millón de personas quedarían atrapadas en el asedio -que se produjo cuando la ciudad estaba llena de peregrinos por la pascua- sabía que las madres después de siete meses, desesperadas por el hambre, se comerían a sus propios hijos. Sabía también que los romanos destruirían la ciudad, asesinarían a miles y que finalmente, los sobrevivientes serian vendidos como esclavos. 

Cristo advierte a sus discípulos sobre estos terribles días. Da instrucciones claras para que sus seguidores no se dejen engañar por los sediciosos o por los “falsos mesías” que aparecerían por doquier y de cómo debían huir de Jerusalén (literalmente con lo puesto) apenas vieran la ciudad rodeada por las tropas romanas. Décadas después, la joven iglesia de Jerusalén recordaría las palabras de su Fundador y se refugiaría en la ciudad de Pella, al otro lado del Jordán, antes de que la desgracia cubriera la Ciudad Santa.

Pero el Maestro aclara que aún no es el fin, para eso falta.  Como si sus discípulos no estuvieran ya asustados, Jesús hace un pequeño “spoiler” de su segunda venida: grandes señales en el sol, la luna y las estrellas; plagas, guerras y hambrunas, una gran tribulación como nunca antes se vio, que hará desfallecer a los hombres de terror; dolores del parto que anteceden el nacimiento de un mudo nuevo. 

Pero ahora Cristo se centra en el futuro inmediato. Les advierte que antes de su regreso, la Iglesia debería ser duramente perseguida, sus seguidores serian llevados ante reyes y tribunales, arrojados a la cárcel y asesinados por su fe. Serían traicionados por padres, hermanos, parientes y amigos; serían odiados y perseguidos por todos a causa de su nombre y que el Evangelio del Reino se predicaría en todo el mundo, como testimonio para todas las naciones, luego de eso vendría el fin. (Mt 24,14)  Como hombres y mujeres de la diversidad sexual sabemos de persecuciones, discriminaciones, condenas, e incluso crímenes motivados por la orientación sexual. Pero, ¿cuántos de nosotros estarían dispuestos a morir por Cristo? 

Si hoy en día cada vez es más fácil decir “Soy homosexual, soy lesbiana, soy bisexual, soy   trans,   etc.”, cada vez es más difícil decir “Creo en Dios”. En contextos familiares, universitarios o incluso por redes sociales, ser creyente se convierte cada vez más en foco de críticas, rechazo y ser un “cola pechoño”.  Hay quienes asocian ser cristiano con “ser fascista”, “ultra conservador” o mantener una postura contraria a demandas sociales como equidad y justicia. Pero, ¿el mensaje de Cristo, la Buena Nueva a los pobres, no es acaso un grito claro de denuncia y de esperanza ante los abusos de los poderosos y de reivindicación para los humildes? 

Las palabras del evangelio, ¿no debieran remecernos para ver en la hermana y el hermano que sufre el rostro de Dios,  ese   que   es Padre y Madre?

La Escritura y la Tradición Cristiana nos indican que al final de los tiempos la Iglesia volverá a ser perseguida; los seguidores del Nazareno serán combatidos por el Anticristo, deberán dejar sus templos de mármol y oro para volver a las catacumbas de la clandestinidad. Pero si nos cuesta hablar de Cristo en una junta de amigos, ¿cuanto más nos costaría si en Chile los poderes facticos se levantasen en contra de la Iglesia y la libertad de culto, como ocurre en varios países en que es perseguida hoy? Como personas de la diversidad sexual, con una vida espiritual, estamos en la incómoda posición intermedia de ser rechazados por el mundo secular y por las denominaciones religiosas. 

Sin embargo, desde esa misma posición podemos ser un puente, ser profetas de una iglesia diferente, anunciando a un Dios amoroso, vivo en nuestros corazones para construir un Reino de Dios inclusivo y liberador. Pero ¿Cómo hacerlo? ¿Qué palabras decir? ¿Cómo defender ante la violencia y el escepticismo mundo que Cristo es la respuesta para todos los problemas de nuestra sociedad? Él es muy enfático:

- Yo os daré palabras y sabiduría que ninguno de vuestros adversarios podrá resistir ni refutar […] Con vuestra perseverancia ganaréis vuestras almas. (Lc. 21,14-15,19)

¡No tengamos miedo! Él hablará por nosotros. Ahora más que nunca, cuando los dolores del parto han llegado sobre nuestro país, en medio del abuso policial y de la violencia en las calles, en medio del cínico conformismo y la hipocresía de muchos, levantemos la voz por encima de las sirenas y del humo de las barricadas, gritemos fuerte que el “Dios de Amor vive”, y que nada que no esté fundado sobre ese amor podrá subsistir. 

Si perseveramos – Él nos lo promete- salvaremos el alma de Chile.



Reflexión de 

Juan Contreras

Homosexual, Laico, Cristiano y Músico.