El pesebre suele estar rodeado de un aura ideal: un refugio donde nace la esperanza, y no es una ilusión.
Pero esa ternura que evoca esconde algo mucho más radical: una decisión de Dios. Entrar en la historia de la humanidad desde lo más bajo, sin poder ni privilegios, a la intemperie. Dios se vuelve humano con toda su fragilidad.
Ese Dios que parecía lejano no viene a dictarnos desde el cielo ni a imponernos respuestas. Simplemente nos habita y carga con nuestra humanidad.
En los márgenes de la sociedad, de lo político y de lo religioso, Dios irrumpe en un pesebre: un lugar descartado, fuera de toda dignidad, entre animales, hacinamiento y falta de comodidad. Esa imagen que parece lejana es, en realidad, profundamente actual. En los territorios marcados por guerras y genocidios. En las familias que abandonan a tantos hermanos y hermanas de la comunidad LGBT+. En el descarte político de los más pobres, en esa cultura del descarte de la que nos hablaba el papa Francisco. En una Iglesia que está llamada a ser para tod@s, pero que a veces se vuelve frontera, donde solo algunos parecen tener salvoconducto.
Y, aun así, en medio de todo ese descarte y desplazamiento, Jesús nace. No a pesar de nuestras historias, cuerpos y vínculos, sino a través de ellos.
Dios toma posición en el mundo: en una familia perseguida, en un pesebre, fuera del centro y del poder.
Para muchos hermanos y hermanas LGBT+, la familia fue el primer lugar donde Dios parecía ausente. Como si nuestra sola existencia fuera motivo de castigo. Y, sin embargo, Dios nunca nos abandonó. Inventó hogares donde hubo expulsión: redes de apoyo, amistades que se vuelven familia, personas que deciden hacer del cuidado un pesebre donde volver a nacer.
Ahí confirma el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, devolviendo dignidad cuando las muertes se vuelven estadísticas, cuando el dolor se consume rápido, sin duelo, cuando la indignación dura lo que dura un scroll. Frente a esa reducción de la humanidad, Dios abraza y encarna.
Las Escrituras hablan de corazones duros, de piedra. Corazones que juzgan, moralizan, desprecian o callan. Aquí la Navidad cobra todo su sentido: no los niega, los confronta. Dios irrumpe sin violencia, con una pregunta que desarma: ¿a quién dejaste fuera para sentirte justo? Porque Dios ama así: sin condiciones, sin méritos, sin conversión previa. Esa pregunta nos empuja a darle sentido a todo, como el Adviento.
Este Adviento no es pasividad ni resignación. Es una espera que no claudica, un “ven, Señor Jesús”. En esa espera es cuando más comunidad estamos llamados a ser: seguir creyendo cuando el discurso religioso hiere; seguir cuidando la vida cuando el mundo produce muerte; seguir sembrando dignidad cuando otros la niegan.
Decir hoy “ven, Señor, no tardes” es decir: no dejaremos que el odio tenga la última palabra. No dejaremos que la fe se vuelva excusa para excluir. No dejaremos de amar, aunque muchas veces canse.
Esta es nuestra postura en Navidad: creemos en un Dios que sigue naciendo en los márgenes, en lo frágil. Que sigue reuniendo a quienes fueron dispersados. Que sigue encarnándose en comunidades que sostienen la dignidad humana más allá de etiquetas, identidades y condenas.
Porque si Cristo nació una vez en un pesebre descartado, hoy nace entre las ruinas de nuestra propia humanidad, renovando con su luz la esperanza, para que nuestros espacios sean seguros, dignos y justos.
«No teman, porque les traigo una buena noticia de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor».
Desde la Pastoral de la Diversidad Sexual, les deseamos una Feliz Navidad.