Me bauticé a los 33 años. ¿Y qué?

Publicada el 27 de Marzo del 2019

Diego es el primer integrante de la Pastoral de la Diversidad Sexual, Padis+, que recibió los sacramentos de iniciación cristiana para integrarse plenamente, junto a sus hermanos y hermanas de la diversidad, como hijo de Dios en la Iglesia. Un verdadero hito para él y también para una Pastoral que da frutos y esperanzas para muchas y muchos.


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Por muchos años el no estar bautizado significó un estigma, algo parecido a cuando te preguntan por tu apellido para indagar tus orígenes. A pesar de intentar convencer a la gente de que sí cultivaba mi fe, no tener este sacramento me llevó a alejarme de Dios.

Y es que no estar bautizado era una marca imborrable del infantilismo sobre la figura del “diablo” o de un ateísmo —en el mejor de los caso un agnosticismo sincrético— que carcomía al católico más cercano a mí.

Hace unos 10 años, después de recorrer 2000 kilómetros, me vine a vivir a Santiago para independizarme. Al mismo tiempo dejé en pausa mi fe, aunque a ratos la ponía en marcha pero sin constancia.

El vértigo, la experiencia, el frío de mi nueva ciudad y los años fueron marcando y curtiendo el paso de mi ser veinteañero hacia unos treinta inciertos. Así fui viviendo la vida que me había propuesto. Sin embargo, algo me faltaba…

Después de cumplir los treinta me fui sumergiendo en un letargo alcanzando una época oscura y que hoy recuerdo como un tiempo de mucho análisis personal.

Fue entonces cuando, un día, me vi de rodillas, con el texto de un salmo en la mano, y diciendo en voz alta: “Dios, no quiero morir”. Fue tan doloroso oírme decir eso que me ahogué con un suspiro. Dormí por muchas horas.

Estaba tan ciego que no podía ver todo lo que crecía a mí alrededor, ahí estaba también la presencia de Dios. Sin embargo, no tenía ninguna esperanza de salir, de pensar en una recuperación. La ansiedad me invadía.

Casi al cumplir los 33 años tomé la decisión de salir de aquella vida que llevaba, y así, avanzar en la recuperación de mi depresión y reencontrarme con Dios. Mi psiquiatra me recomendó una terapia que no estuviera involucrada con la fe o que tuviera relación con alguna institución religiosa. Creo que fue lo mejor porque me sirvió para comenzar, de manera paralela, la búsqueda de las respuestas que seguía buscando profundamente.

Padis+, una luz

Decidí integrarme a la Pastoral de la Diversidad Sexual mientras en mí un mundo se abría a la vez que otro se cerraba. Me sentí como un arqueólogo que desenterraba vestigios en la tierra, como un descubrir el rostro de Cristo en mis nuevos hermanos, esta vez, de comunidad.

Aquello me trajo paz y tranquilidad. No obstante, sentía que algo más me decía Dios en su llamado, pero mi corazón estaba en proceso de sanación y de aprender a confiar nuevamente.

En mis diarias caminatas del trabajo al metro, con mis audífonos puestos, durante varios días, fui macerando la idea de bautizarme. Sentí que era necesario, no para demostrar algo a alguien, sino, como una respuesta personal a Dios, como una necesidad de decir: “Señor, aquí estoy”. Esa sola idea inundó mi corazón de alegría, de fuego y una sensación de permanente gozo.

Pasaron los meses mientras me integraba en la comunidad pastoral. Me sentía parte de un mundo nuevo, no porque me sintiera ignorante, sino, porque tenía demasiadas ganas de aprender, de saber de Dios que cada vez se hacía más grande, e invadía mi vida con mucha verdad, luz y esperanza.

Cristo se hizo presente en forma de amigos, compañeros, ¡de mujeres!, de misa, de risas, de acompañamiento, de silencios. María también me acompañó en ese camino. En su papel de Madre me llevó a conocer a su Hijo, fruto bendito. Y también me motivó a comer el mejor de sus manjares: su Palabra.

Un día del verano de aquel entonces, se me hizo presente la figura cálida y sincera de un sacerdote. Entre risas, sana amistad, retos y conversaciones, él me ayudó a comenzar a caminar hacia el catecumenado. Un camino iluminado donde con la fe, la razón y un corazón abierto fui conociendo más a Dios. Todo eso me trajo mucha alegría la cual sigo cultivando.

En la Padis+ pude confrontarme con mi vida, con mi pareja, mis amigos. Y en medio de todo ello, con mis dudas y cuestionamientos, crecía mi deseo de bautizarme. Eran como una manifestación de la rebeldía de mi juventud aún presente. Es que seguir a Cristo es también un acto de rebeldía. Su vida y sus palabras me mostraban a ese Jesús que quería seguir, tal como lo hicieran Juan y Pablo. Quemarme con su fuego, ablandar mi corazón con sus palabras, sentir que su verdad era la mía, sentía que me podrían llevar a lugares insospechados.

   El día del bautizo

Un sábado de diciembre de 2018 esperaba detrás de las puertas del salón para poder bautizarme. Junto a mí estaba aquel sacerdote que me animó durante todo este recorrido. Él finalmente se convirtió en mi Padrino. Así, ambos entramos a ese lugar en que la comunidad Padis+ se reunía para recibirme y así ser parte también de la Iglesia, del Pueblo de Dios, ahora como su hijo.

Fue un momento de felicidad ver a mis hermanos, hermanas, amigos y muchos otros presentes congregados en el día en que recibí al Espíritu Santo, el día en que el agua mojó mi cabeza, y en que Dios me habló para decirme: “Diego, hijo mío, aquí estoy”.

No recuerdo haberme emocionado tanto al momento de oír: “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Con esas palabras, quedaba bautizado. 

Nunca sentí el sacramento del bautismo como algo que debía cumplir, más bien, como un acto de fe. Tampoco fue una imposición o algo con qué validarme. Ciertamente, cumplí con el rito. Pero es más que eso. Fue un momento de cercanía, de una conversión sincera ante Dios.

Todos los días son un bautizo para mi, porque todos los días, Dios, hace nueva las cosas, para los demás y para mí.



Diego Castillo.